Nicolás Ried
La gran promesa imposible es: algún día aprenderemos.
Una lectura sobre nuestra vida en comunidad se basa en esa promesa y nos dice
que algún día aprenderemos a gobernarnos a nosotros mismos, que la comunidad en
que nos gobernamos de buena manera algún día llegará si seguimos los pasos
correctos: los expertos nos dicen que algún día nos daremos cuenta de nuestro
error, actuaremos de buena manera y conoceremos por fin la verdadera comunidad
política.
Pero, hay otra lectura
sobre nuestras prácticas en comunidad. En ella no hay un experto que nos
exprese algo como un reproche, sino que somos nosotros mismos quienes nos
decimos: no hay qué aprender, porque no
nos pueden enseñar.
Una lectura nos
presenta un mundo que viene, un mundo en que no necesitaremos a alguien que nos
enseñe, nos presenta una verdadera profecía sobre nosotros mismos: algún día
seremos otros, nosotros en verdad. Bajo la otra lectura no comenzamos desde el
punto de un desconocimiento relevante sobre nosotros mismos, sino del
presupuesto que los problemas comunes sólo pueden ser solucionados por
nosotros, porque la biografía de nuestra comunidad es una y la misma, porque es
una temporalidad común: nadie viene del futuro, nadie se quedó en el pasado.
Aunque también es una lectura rebelde, que regaña a los que pretenden tener
autoridad sobre nosotros, sobre lo político. Una lectura promete un imposible,
la otra desestabiliza la confianza en esa promesa. Aquella es una versión escatológica de
lo político, esta es una lectura crítica de lo político.
Si voy al psicoanalista
lo hago porque busco respuestas a mis problemas, lo que no significa que él las
tenga, pero sí que le atribuyo cierta autoridad para ello: él me da lo que
permito que me entregue. Pero lo que busco, en principio, él no lo tiene:
abandono el rito psicoanalítico cuando entiendo que el psicoanalista no tiene
respuestas, que es un pobre imbécil. Lo que sí, el psicoanalista me entrega el
camino para darme cuenta de ese déficit, de ese estatus en que yo compruebo mi
igualdad con él: el psicoanalista, en el rito psicoanalítico, funciona como el
motor de una máquina de hacer huellas que sólo sirve para borrar sus propias
huellas. Este proceso de auto-cultivo que me llevó a la conclusión de la
igualdad entre el paciente y el experto es aprender de lo que siempre supe:
aprender mi igualdad a la autoridad psicoanalítica es lo que necesito. En este
sentido, la actividad de psicoanalizarse es una práctica en sí misma crítica y
cultivadora de sí; la terapia consiste en una práctica de sí, y no en una
promesa de mejora, como lo podría ser la medicación: la lectura crítica de lo
político es al psicoanálisis, como la lectura escatológica es a una píldora
metafísica.
Tal como el paciente
requiere del psicoanalista, el estudiante necesita del profesor para conocer el
mundo y resolver problemas de cierto nivel técnico que requieren de una
experticia. El estudiante pregunta, el profesor responde; el estudiante
aprende, y el profesor le expone un nuevo conocimiento que estaba oculto hasta
ese momento: hay una brecha irreparable entre sus saberes, o como diría Jacques
Rancière, hay un daño sobre la igualdad entre ambos que debe ser tratado. El
momento en que el estudiante deja de necesitar al profesor no es cuando éste no
tiene más que enseñarle a aquel (porque esa brecha de conocimiento entre ambos
puede reproducirse infinitamente), sino cuando lo problemas que tiene el
estudiante no pueden ser resueltos por el profesor, debido a que son problemas
comunes a ambos: la emancipación del estudiante pasa por reconocer en el
profesor a un igual, por reconocer que los problemas del profesor son también
los suyos, que ambos son problemas políticos, que ellos dos son igual de
participantes de la polis: que ambos son ciudadanos, políticos.
En Chile, entre los
años 2006 y 2011, se gestó un proceso que configuró un cuestionamiento general
en contra de un sistema político-económico, pero junto con ello también se
gestó una reconfiguración de la propia identidad, en que los estudiantes que
lideraron el procedimiento de protesta social se preguntaron: ¿no somos, acaso, “políticos”
antes que “estudiantes”? La puesta en cuestión del estatus
restringido de lo político fue
el dilema que configuró esa movilización estudiantil, en que los estudiantes
reposaban su condición de tales, ponían a descansar su actividad propia
(“estudiar”) y hacían política. La policía que constituían los “expertos” y los
“políticos” los miraban con gracia, la gracia de alguien que sabe lo que hace y
les preguntaban: Está bien, pusieron en la
esfera pública un problema y eso es loable, pero ¿cuándo van a dejar que
actuemos nosotros, los expertos? Este texto surge como una
respuesta a esa pregunta: para aquel problema que nos es común a todos, no hay
expertos.
El modo en que se reconfigura una identidad,
como es la del “estudiante” respecto a la del “político”, es un modo de
resistencia hacia una lógica que pretende clasificar y determinar identidades
ciertas, claras y pasivas. Resistir a esa lógica es negar su capacidad
diferenciadora, negar su poder esencializador, negar su autoridad inmutable.
Resistencia que, sin embargo, no puede ser privada: sabemos desde Ludwig
Wittgenstein que los lenguajes privados no son el caso básico del lenguaje, y
por ello todo acto de resistencia debe ser público: nadie es un rebelde de
manera privada, nadie quebranta una norma en la soledad de una isla, nadie ama
en secreto. Este texto es una resistencia, porque la idea de un texto es
esencialmente pública y profana: pública, porque la escritura privada es un
mecanismo análogo al de la consciencia interna, la que para efectos de los
problemas de nuestra comunidad no comunica; profana, porque no sacraliza texto
alguno, porque cualquiera puede escribir y cualquiera puede leer. La idea de la
escritura como resistencia, se opone a la idea de la escritura como un milagro:
los textos se oponen a la Sagrada Escritura. No hay textos sagrados porque
cualquiera en la comunidad puede escribir, porque cualquiera puede leer:
cualquiera puede ser escritor, porque cualquiera puede ser lector; los textos
no bajan del cielo, porque sus autores son siempre alguien en la comunidad,
nunca alguien externo a ella.
El texto es resistencia
de aquella primera autoría sagrada, es falta de respeto ante ella: si Dios
escribió un libro, cualquiera de nosotros también puede hacerlo. A diferencia
de él, no nos arrogamos la verdad subyacente a las palabras que anotamos, sino
que arrojamos cada una de ellas al escrutinio de la comunidad: como
herramientas, los textos permiten abrir la verdad de nuestra comunidad, pero
jamás la contienen. Construyendo un texto, construimos el gran texto de lo
común.
Y este texto es
resistencia: resistencia de un estudiante que abandonó las prácticas
disciplinantes y escribió. Escribí, en definitiva. Lo hice en horarios de
clases, en horarios de estudios, en horarios de descanso, en horarios de
escritura: escribí. La universidad, que se transformó en una máquina productora
de promesas incumplidas de origen, que traduce los proyectos de vida en títulos
de cartón, que abandonó su pasión por acumular curiosos, que dejó de escribir
por enseñar a creer; esa universidad que acoge para enseñar conocimientos
útiles, me permitió el tiempo para escribir: tiempo tomado para escribir,
tiempo recobrado en este texto, que en definitiva es cualquier tiempo. Ante la
disciplina de la no-escritura, este texto es un impensable: un producto de un
tiempo que no existe, de una disciplina que carece de utilidad, porque para
ella hay expertos, porque esos problemas son problemas de otros, de aquel gran
otro que somos todos.
Suspendí mi actividad
de estudiante, dejé de estudiar, para escribir; dejé de ser estudiante, para
ser escritor, para ser político, actividades sagradas e impropias de un
estudiante. Los textos que este libro contiene fueron producidos en el contexto
de una comunidad universitaria ante la cual fueron puestos bajo escrutinio: son
textos presentados en congresos, coloquios, seminarios y revistas, presentados
ante amigas, ante amigos, ante compañeras y compañeros, con motivo de festejos
o solemnidades, para iniciar una conversación, puestos en el foro público como objetos comunes,
esto es: cuestiones políticas, en el sentido que permitían un debate y un
diálogo que abría la relación comunitaria; objetos comunes como aquellos
elementos de unión entre los iguales, entre los que leen y los que escriben,
entre todos. Textos que son resistencias como producción estudiantil, que son
resistencia ante la disciplina de las esferas académicas, resistencias ante los
modos de hacer política.
El texto es ese gran
objeto común, el que presenta todo en sí mismo, el que no esconde una realidad
bajo él, el que se muestra desnudo, y que por ello sirve como una excusa de la
comunidad: se articula el diálogo a través de una idea, y la idea es la que
produce disenso, el disenso fundamental de la comunidad que es política. No hay
comunidad después del consenso, sino fundamentada en el disenso y precisamente por
él: la idea que contiene un texto es la que une en el desacuerdo a unos y
otros, a los que escriben y leen su texto de un modo que el que lee reescribe.
En la comunidad política hay los que comprenden que su idea es una actividad
política porque permite que haya lectores y escritores; hay, por otra parte,
los que creen que revelan una verdad que el otro, el lector, no sabía y que
mediante el acto de leer lo escrito aprehende algo de esa verdad. Con
independencia de cada uno de ellos, el texto no contiene más verdad que el
hecho de permitir la escritura y la lectura, el hecho de servir de condición
para lo político.
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