lunes, 12 de enero de 2015

El texto como resistencia.

Nicolás Ried

La gran promesa imposible es: algún día aprenderemos. Una lectura sobre nuestra vida en comunidad se basa en esa promesa y nos dice que algún día aprenderemos a gobernarnos a nosotros mismos, que la comunidad en que nos gobernamos de buena manera algún día llegará si seguimos los pasos correctos: los expertos nos dicen que algún día nos daremos cuenta de nuestro error, actuaremos de buena manera y conoceremos por fin la verdadera comunidad política.
Pero, hay otra lectura sobre nuestras prácticas en comunidad. En ella no hay un experto que nos exprese algo como un reproche, sino que somos nosotros mismos quienes nos decimos: no hay qué aprender, porque no nos pueden enseñar.
Una lectura nos presenta un mundo que viene, un mundo en que no necesitaremos a alguien que nos enseñe, nos presenta una verdadera profecía sobre nosotros mismos: algún día seremos otros, nosotros en verdad. Bajo la otra lectura no comenzamos desde el punto de un desconocimiento relevante sobre nosotros mismos, sino del presupuesto que los problemas comunes sólo pueden ser solucionados por nosotros, porque la biografía de nuestra comunidad es una y la misma, porque es una temporalidad común: nadie viene del futuro, nadie se quedó en el pasado. Aunque también es una lectura rebelde, que regaña a los que pretenden tener autoridad sobre nosotros, sobre lo político. Una lectura promete un imposible, la otra desestabiliza la confianza en esa promesa. Aquella es una versión escatológica de lo político, esta es una lectura crítica de lo político.
Si voy al psicoanalista lo hago porque busco respuestas a mis problemas, lo que no significa que él las tenga, pero sí que le atribuyo cierta autoridad para ello: él me da lo que permito que me entregue. Pero lo que busco, en principio, él no lo tiene: abandono el rito psicoanalítico cuando entiendo que el psicoanalista no tiene respuestas, que es un pobre imbécil. Lo que sí, el psicoanalista me entrega el camino para darme cuenta de ese déficit, de ese estatus en que yo compruebo mi igualdad con él: el psicoanalista, en el rito psicoanalítico, funciona como el motor de una máquina de hacer huellas que sólo sirve para borrar sus propias huellas. Este proceso de auto-cultivo que me llevó a la conclusión de la igualdad entre el paciente y el experto es aprender de lo que siempre supe: aprender mi igualdad a la autoridad psicoanalítica es lo que necesito. En este sentido, la actividad de psicoanalizarse es una práctica en sí misma crítica y cultivadora de sí; la terapia consiste en una práctica de sí, y no en una promesa de mejora, como lo podría ser la medicación: la lectura crítica de lo político es al psicoanálisis, como la lectura escatológica es a una píldora metafísica.
Tal como el paciente requiere del psicoanalista, el estudiante necesita del profesor para conocer el mundo y resolver problemas de cierto nivel técnico que requieren de una experticia. El estudiante pregunta, el profesor responde; el estudiante aprende, y el profesor le expone un nuevo conocimiento que estaba oculto hasta ese momento: hay una brecha irreparable entre sus saberes, o como diría Jacques Rancière, hay un daño sobre la igualdad entre ambos que debe ser tratado. El momento en que el estudiante deja de necesitar al profesor no es cuando éste no tiene más que enseñarle a aquel (porque esa brecha de conocimiento entre ambos puede reproducirse infinitamente), sino cuando lo problemas que tiene el estudiante no pueden ser resueltos por el profesor, debido a que son problemas comunes a ambos: la emancipación del estudiante pasa por reconocer en el profesor a un igual, por reconocer que los problemas del profesor son también los suyos, que ambos son problemas políticos, que ellos dos son igual de participantes de la polis: que ambos son ciudadanos, políticos.
En Chile, entre los años 2006 y 2011, se gestó un proceso que configuró un cuestionamiento general en contra de un sistema político-económico, pero junto con ello también se gestó una reconfiguración de la propia identidad, en que los estudiantes que lideraron el procedimiento de protesta social se preguntaron: ¿no somos, acaso, “políticos” antes que “estudiantes”? La puesta en cuestión del estatus restringido de lo político fue el dilema que configuró esa movilización estudiantil, en que los estudiantes reposaban su condición de tales, ponían a descansar su actividad propia (“estudiar”) y hacían política. La policía que constituían los “expertos” y los “políticos” los miraban con gracia, la gracia de alguien que sabe lo que hace y les preguntaban: Está bien, pusieron en la esfera pública un problema y eso es loable, pero ¿cuándo van a dejar que actuemos nosotros, los expertos? Este texto surge como una respuesta a esa pregunta: para aquel problema que nos es común a todos, no hay expertos.
El modo en que se reconfigura una identidad, como es la del “estudiante” respecto a la del “político”, es un modo de resistencia hacia una lógica que pretende clasificar y determinar identidades ciertas, claras y pasivas. Resistir a esa lógica es negar su capacidad diferenciadora, negar su poder esencializador, negar su autoridad inmutable. Resistencia que, sin embargo, no puede ser privada: sabemos desde Ludwig Wittgenstein que los lenguajes privados no son el caso básico del lenguaje, y por ello todo acto de resistencia debe ser público: nadie es un rebelde de manera privada, nadie quebranta una norma en la soledad de una isla, nadie ama en secreto. Este texto es una resistencia, porque la idea de un texto es esencialmente pública y profana: pública, porque la escritura privada es un mecanismo análogo al de la consciencia interna, la que para efectos de los problemas de nuestra comunidad no comunica; profana, porque no sacraliza texto alguno, porque cualquiera puede escribir y cualquiera puede leer. La idea de la escritura como resistencia, se opone a la idea de la escritura como un milagro: los textos se oponen a la Sagrada Escritura. No hay textos sagrados porque cualquiera en la comunidad puede escribir, porque cualquiera puede leer: cualquiera puede ser escritor, porque cualquiera puede ser lector; los textos no bajan del cielo, porque sus autores son siempre alguien en la comunidad, nunca alguien externo a ella.
El texto es resistencia de aquella primera autoría sagrada, es falta de respeto ante ella: si Dios escribió un libro, cualquiera de nosotros también puede hacerlo. A diferencia de él, no nos arrogamos la verdad subyacente a las palabras que anotamos, sino que arrojamos cada una de ellas al escrutinio de la comunidad: como herramientas, los textos permiten abrir la verdad de nuestra comunidad, pero jamás la contienen. Construyendo un texto, construimos el gran texto de lo común.
Y este texto es resistencia: resistencia de un estudiante que abandonó las prácticas disciplinantes y escribió. Escribí, en definitiva. Lo hice en horarios de clases, en horarios de estudios, en horarios de descanso, en horarios de escritura: escribí. La universidad, que se transformó en una máquina productora de promesas incumplidas de origen, que traduce los proyectos de vida en títulos de cartón, que abandonó su pasión por acumular curiosos, que dejó de escribir por enseñar a creer; esa universidad que acoge para enseñar conocimientos útiles, me permitió el tiempo para escribir: tiempo tomado para escribir, tiempo recobrado en este texto, que en definitiva es cualquier tiempo. Ante la disciplina de la no-escritura, este texto es un impensable: un producto de un tiempo que no existe, de una disciplina que carece de utilidad, porque para ella hay expertos, porque esos problemas son problemas de otros, de aquel gran otro que somos todos.
Suspendí mi actividad de estudiante, dejé de estudiar, para escribir; dejé de ser estudiante, para ser escritor, para ser político, actividades sagradas e impropias de un estudiante. Los textos que este libro contiene fueron producidos en el contexto de una comunidad universitaria ante la cual fueron puestos bajo escrutinio: son textos presentados en congresos, coloquios, seminarios y revistas, presentados ante amigas, ante amigos, ante compañeras y compañeros, con motivo de festejos o solemnidades, para iniciar una conversación, puestos en el foro público como objetos comunes, esto es: cuestiones políticas, en el sentido que permitían un debate y un diálogo que abría la relación comunitaria; objetos comunes como aquellos elementos de unión entre los iguales, entre los que leen y los que escriben, entre todos. Textos que son resistencias como producción estudiantil, que son resistencia ante la disciplina de las esferas académicas, resistencias ante los modos de hacer política.
El texto es ese gran objeto común, el que presenta todo en sí mismo, el que no esconde una realidad bajo él, el que se muestra desnudo, y que por ello sirve como una excusa de la comunidad: se articula el diálogo a través de una idea, y la idea es la que produce disenso, el disenso fundamental de la comunidad que es política. No hay comunidad después del consenso, sino fundamentada en el disenso y precisamente por él: la idea que contiene un texto es la que une en el desacuerdo a unos y otros, a los que escriben y leen su texto de un modo que el que lee reescribe. En la comunidad política hay los que comprenden que su idea es una actividad política porque permite que haya lectores y escritores; hay, por otra parte, los que creen que revelan una verdad que el otro, el lector, no sabía y que mediante el acto de leer lo escrito aprehende algo de esa verdad. Con independencia de cada uno de ellos, el texto no contiene más verdad que el hecho de permitir la escritura y la lectura, el hecho de servir de condición para lo político.

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